Muchas veces en las consultas de terapia surgen, ante desengaños amorosos, reflexiones tales como:
”Estoy enojada con él, pero más que nada conmigo, porque ya desde que lo conocí había algo que no me cerraba. Y no sé por qué dejé pasar esa sensación”.
”Yo sentía que no era el mismo.”
”Una vez se me había pasado por la cabeza que me estaba engañando.”
”Me hacía sentir que yo era una perseguida y resulta que yo estaba en lo cierto”.
¿Qué sucede, que si percibimos algo que no nos cierra, tratamos de maquillar esa percepción y ajustarla a nuestros deseos?
Cuando cae el hechizo recordamos que hubo un momento en que tuvimos un indicio de ello pero lo dejamos pasar. Lo negado, lo maquillado, no tarda en mostrarse: mentiras, ocultamientos, abandono, violencia.
¿Por qué maquillamos nuestras percepciones?
El ser humano tiene una tendencia a vivir experiencias de satisfacción a toda costa. El principio de placer aplaca al principio de realidad. Como si dentro nuestro se desatara un lucha entre la tendencia al placer y el criterio de realidad. Y muchas veces se distorsiona la realidad para que todo encaje.
Algunos autores llaman a este mecanismo «el depredador interno».
¿Por qué se denomina así? Porque nuestro depredador interno es lo que nos permite ser devorados. (Una parte de nosotros mismos que nos deja indefensos).
Desde esta perspectiva el enemigo no estaría afuera. Se trata de un aspecto interno personal, inconsciente; algo así como un punto ciego en la percepción que me hace vulnerable.
En eso quiero detenerme.
Cuando leí por primera vez el cuento de Barba Azul, de Clarisa P. Estés en Mujeres que corren con los lobos, sentí que graficaba perfectamente este mecanismo, que lleva a muchas veces a dañarse o al menos a ponerse en riesgo en las relaciones.
“Un hombre rico es evitado por las mujeres a causa de su barba azul. Un día le pide a una vecina distinguida alguna de sus hijas en matrimonio, las cuales se pasan el compromiso una a la otra, por rechazo al aspecto de Barba Azul y porque este se había casado varias veces y todas sus mujeres habían desaparecido. Pero finalmente la hermana menor accede, atraída por la vida opulenta que le ofrece el ricachón. Se casan, y la joven va a vivir a la mansión de su marido.
Un día, Barba Azul anuncia que partirá en viaje de negocios y entrega todas las llaves de la casa a su nueva esposa, incluida la de una pequeña estancia a la que le prohíbe entrar. Parte, y la esposa siente tal deseo de ver qué hay en la habitación prohibida. Finalmente, abre la puerta y entra. Encuentra el suelo bañado en sangre coagulada y en los muros, colgados, los cadáveres de las anteriores esposas de su marido”.
Siguiendo la lectura de Mujeres que corren con los lobos:
«… la joven esposa se ha engañado. Al principio, Barba Azul le daba miedo y ella se mostraba recelosa. Pero un pequeño placer en el bosque la indujo a pasar por alto su intuición… se convence de que Barba Azul no es peligroso, sino sólo extraño y excéntrico. Pero qué tonta soy. ¿Por qué me desagrada esta barbita azul? Sin embargo, su naturaleza salvaje ya ha olfateado la situación y sabe que el hombre de la barba azul es letal. Pese a ello, la ingenua psique rechaza esta sabiduría interior.»
Lo que atenta contra la sabiduría interior podría presentarse como negación, inocencia, ensoñación, idealización, autoengaño, ingenuidad, desvalorización, superficialidad, inconsciencia y se pueden agregar más mecanismos.
Esta dinámica no se remite solamente a las relaciones de pareja, sino que se extiende a todo tipo de relaciones.
¿Cuál es tu depredador interno?
Hacer el trabajo interior de identificar nuestros propios mecanismos depredadores nos permite ganar autonomía y protección. Es un compromiso con nosotros mismos.
Tomar contacto con esa respuesta es lo más poderoso para ser un poco más dueños de nosotros mismos y no caer en la boca del lobo.
Lic. Valeria Bedrossian
valeriabedrossian@gmail.com
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